2006/03/28

Noches de insomnio.

Me gusta sentarme en la ventana de mi habitación cuando tengo insomnio (por el motivo que sea), mirando a la ría, el carrefour y la rotonda a medio construir.

Vivo en un bajo, pero la ventana que da levantada un piso del suelo (sobre el garaje del edificio) y resulta emocionante. A esas horas, sobre las cuatro de la madrugada, los pocos transeúntes en sus coches, camiones y furgonetas no te ven, y si alguno te ve, no se para. Se oye el gotear de una cañería, aún escurriendo las últimas gotas de las lluvias que están cayendo, y que anoche habían cesado. Y se oye (y me sorprendió, porque nunca había llegado a oírlo) el sonido de la ría al crecer, llenándose con la corriente que procedía del mar.

Me gusta sentarme así, a horcajadas sobre el alfeizar, con medio cuerpo dentro y medio cuerpo fuera de mi habitación, la cabeza apoyada en el marco de la ventana y la mente en blanco, mirando como pasan coches por la autopista, la carretera al lado de la ría, el puente de la Barca. Me gusta por que los pensamientos que me producían insomnio no saben donde quedarse, si al a derecha o a la izquierda, por que aún hace frío, se está muy bien fuera, y todo parece tan tranquilo que entran ganas de saltar por la ventana (a la escasa altura de un piso) y salir a dar un paseo por el paseo marítimo que tienes enfrente, vestida en pijama, bata y zapatillas.

Pero no es necesario, al cabo de un rato entras por que sientes demasiada rasca (solo en la mitad de tu cuerpo). Y pese a todo te gustaría que alguien entrara en ese momento en la habitación, con un té en la mano para ti y el gato acompañándola. Te apetecería que el gato se sentara delante de ti y se dejara acariciar, mientras te tomas el té sentada en la ventana y ese "alguien" se queda contigo. A falta de otra, ese alguien soy yo misma. Pero no entré por la puerta acompañada del gato, y el té tuve que ir a buscármelo yo a la cocina.

Al menos, para cuando volví a la habitación, ese fantasma que no me dejaba dormir había salido a dar una vuelta por la ría en pijama, bata y zapatillas. Y si intentó volver, se encontró con las puertas y las ventanas cerradas y a mí durmiendo como un lirón.


2006/03/15

Espléndidamente entretejido.

Hace un rato he terminado de leer, por fin, el tercer tomo de una historia maravillosa que me ha tenido totalmente enganchada durante casi dos semanas: El Tapíz de Fionavar, de Guy Gavriel Kay.
La trilogía, compuesta por El Árbol del Verano, Fuego errante y El sendero tenebroso, cuenta la historia de cinco jóvenes canadienses (Dave, Paul, Kevin, Jennifer y Kimberly) que son transportados, por obra del mago Loren Manto de Plata y su fuente Matt Sören, al primero de los mundos, Fionavar, para celebrar el 50º aniversario de la coronación del Soberano Rey de Brennin.

Pero lo que empieza como una simple celebración y dos semanas de vacaciones en un extraño mundo acaban por convertirse en una aventura épica en que cada uno de nuestros protagonistas descubrirá su papel, un papel tan profundo y esperado como una extensión de su propia vida, de su propia imagen y de sus propios poderes:

Kim, dotada del don de la Visión, se convertirá en la Vidente de Brennin, portadora del Anillo de la Guerra.
Paul, rebautizado como Pwyll, el Dos Veces Nacido, se convertirá en el Señor del Arbol del Verano.
Jennifer, después de una amarga experiencia en manos de la Oscuridad, renacerá como Ginebra, reina de Camelot.
Dave, taciturno y malhumorado, conocerá el júbilo y la vida en las Llanuras de los Dalreis, como Davor, el del Hacha.
Y Kevin, siempre alegre y pendenciero, se convertirá en Liandon, el amante prometido de Dana, la Diosa Madre.

Y de esta forma, cada uno jugará su papel en Fionavar, el Primero y más Perfecto de los Mundos del Tejedor, a merced de la lanzadera de su Telar, para desarrollar la gran guerra contra la Oscuridad de Rakoth Maugrim, el Desemarañador, liberado de su prisión después de mil años.


Nunca, en mi vida, he llorado, he reído y he sentido tanto un libro, una novela, una historia. Con un estilo literario propio y hasta cierto punto enmarañado, lleno de incógnitas, retuerces y giros tan complejos y a la vez precisos como cada uno de los hilos en un tapiz, que Guy Gavriel teje esta historia.
Es, sencillamente, una historia espléndidamente entretejida, que me ha cautivado profundamente.

Os la recomiendo a todos aquellos que os guste la fantasía.
Saludos.
Vircoph.